martes, junio 17, 2014

Brian Epstein

Brian Samuel Epstein nació el 19 de septiembre de 1934 en Liverpool, Inglaterra. Fue el hijo mayor de Malka (más conocida como Quennie) y Harry  Epstein una familia de judíos comerciantes quienes luego tendrian otro hijo llamado Clive. 
 
Brian tuvo una infancia conflictiva, su familia poseía una tienda de muebles en Liverpool (donde la familia de Paul McCartney había comprado un piano).
En 1950 a la edad de 16 años, Brian comienza a trabajar en la tienda de muebles ubicada en Walton Road. Dos años más tarde es reclutado al Servicio Nacional pero es despedido luego de 10 meses debido a incapacidad para este trabajo (Brian cuenta esta historia de hacerse pasar por un oficial en su biografía "A Cellarful Of Noise" (Un sótano lleno de ruido).
 
En 1954 se le encarga otra de las sucursales de los negocios de la familia la mueblería Clarendon ubicada en Hoylake la cual empieza a darle éxito en lo que a vendedor se refiere.
 
Pero Brian tenia otras metas en su vida por lo que comienza con sus estudios de actor en la Royal Academy of Dramatic Art (RADA) en Londres, donde tuvo compañeros a los actores Susannah York y Peter O'Toole, pero al abandonarlos tras el tercer curso, su padre le dejó a cargo del departamento musical de la tienda recientemente inaugurada North East Music Stores (NEMS) en la calle Great Charlotte. Posteriormente una segunda tienda fue abierta en la calle Whitechapel, y Epstein fue asignado responsable de dicha operación. El 3 de agosto de 1961 Epstein comenzó una colaboración regular con una columna musical en la revista Mersey Beat. 
 
Se vanagloriaba de tener la más completa selección de discos de la zona y de poder conseguir a sus clientes cualquier vinilo.
Un sábado de octubre de 1961 un cliente le puso a prueba al pedir un disco llamado "My Bonnie", interpretado por un grupo que se hacía llamar The Beatles, del que Epstein jamás había oído hablar.
 
La versión aceptada mayoritariamente sobre su primer encuentro con el grupo musical que ayudó a convertir en estrellas, indica que Epstein vio por primera vez el nombre de The Beatles en el cartel de un concierto, y pensó que el nombre sonaba "tonto". Cuando después una serie de clientes comenzaron a preguntar por el single que habían grabado con Tony Sheridan en Alemania, y no siendo capaz de encontrarlo a través de ninguna de sus contactos habituales en las compañías discográficas, decidió ir a preguntarle directamente a la banda.
 
Epstein y su empleado Alistair Taylor acudieron a verles actuar al abarrotado pub Cavern Club el 9 de noviembre de 1961, que estaba en la calle a la vuelta de la tienda; su llegada fue manejada por la admisión VIP e incluso bienvenida a través de los altavoces del local. Epstein recuerda la actuación del grupo esa noche: "Quedé impresionado de manera inmediata por su música, su ritmo y su sentido del humor sobre el escenario. E incluso más tarde cuando los conocí también quedé impresionado por su carisma personal. Y fue en ese mismo instante en donde todo comenzó..." (También reconoció a los miembros del grupo como clientes habituales de la tienda, donde pasaban el tiempo entre los espectáculos hojeando discos). 
 
En una reunión el 10 de diciembre de 1961 se decidió que Epstein se convirtiera en el manager de la banda, y los miembros firmaron un contrato de cinco años con él en casa de Pete Best el 24 de enero de 1962. Epstein nunca firmó el contrato, dando así la opción a los Beatles de romper la relación en cualquier momento. Así mismo, contactó a su manager anterior, Allan Williams, para confirmar que no le quedaba ningún vínculo con ellos. Williams lo confirmó, pero también advirtió a Epstein de "no manejarles con un remo de lancha". 
 
Aunque hasta entonces no se le conocía por decisiones y tratos de negocio especialmente exitosos, Epstein se convirtió en una de las principales fuerzas detrás de la promoción y éxito inicial del grupo. Cuando Epstein se hizo cargo de la banda, sus componentes llevaban vaqueras y chaquetas de cuero, y sus actuaciones eran básicamente desordenados conciertos de Rock and roll. El les convenció para que llevaran traje sobre el escenario y para que suavizaran sus actuaciones. También les pidió que no fumaran ni comieran sobre el escenario, y les alentó para que ejecutaran su famosa inclinación sincronizada al finalizar sus conciertos. Aunque estos cambios no duraron demasiado, la imagen limpia y decente que proyectaba el grupo (con la única salvedad de sus peinados tipo "casco") ayudó de manera determinante en la aceptación de la banda por parte del público.
"Quedé fascinado con ellos", confesó Epstein. Pocas semanas después de su primer encuentro, Epstein se convirtió en el manager de The Beatles.
 
Tras ser rechazados por todas y cada una de las principales discográficas de Inglaterra, Epstein finalmente consiguió que la banda firmara por el pequeño sello Parlophone de la discográfica EMI. Epstein acudió a la tienda local HMV para transferir una cinta demo de The Beatles a vinilo. A un técnico de HMV, Jim Foy, le gustó la grabación y remitió a Epstein con George Martin, productor en la Parlophone. Martin accedió a conocer el grupo y planificó una audición.
 
The Beatles grabaron en septiembre de 1962 su primer disco con EMI: "Love me do/P.S. I love you". Fue el comienzo de una serie irrepetible de éxitos.
 
Algunas fuentes atribuyen el interés de Epstein por The Beatles, a sentimientos de éste por John Lennon, pero Lennon posteriormente desmintió este punto.
 
En octubre de 1964, la autobiografía de Epstein, "A Cellarful of Noise", fue publicada, coescrita con quien posteriormente seria publicista de The Beatles, el periodista Derek Taylor. 
 
Además de The Beatles, Epstein también manejó los destinos de otros artistas como, Gerry & The Pacemakers, Billy J. Kramer & The Dakotas, The Fourmost y Cilla Black.
 
Brian aparecería en muchos programas de la televisión inglesa y era presentador en los segmentos del programa de la televsión norteaméricana Hullabaloo.
 
Durante el período que Brian dirigió a The Beatles, ellos lograron un rotundo éxito que otros artistas no lograron alcanzar. Su trayectoria fue meteórica. No hubo un solo reverso durante sus 5 años y 7 meses de dirección del grupo. Una vez que fallece The Beatles entran en una serie de conflictos, peleas por dinero y celos personales. Habían perdido a la persona que los mantenia unidos y que era capaz de resolver sus diferencias. 
 
Epstein murió el 27 de agosto de 1967, el fin de semana en el que The Beatles conocieron en Gales al Maharishi Mahesh Yogi. Su muerte fue oficialmente dictaminada como accidental, causada por una intoxicación gradual con barbitúricos (se hallaron Carbitral o Seconal en su cuerpo, posiblemente mezclados con alcohol). Han existido alguno rumores infundados que afirmaban que Epstein cometió suicidio, pero los más cercanos a él, siempre han enfatizado que Epstein no era del tipo de persona capaz de cometer un acto así. Además, su amada madre, Queenie Epstein, acababa de enviudar, lo cual ayuda en la teoría que Brian nunca habría inflingido voluntariamente a su madre este daño adicional tan cerca en el tiempo a la muerte de su marido. 
 
Para entonces el  protagonismo de Epstein disminuyó cuando The Beatles dejaron de actuar en directo en agosto de 1966, pero su muerte, ocurrida dos meses después de la publicación del "Sgt.Pepper`s", simplemente dejó al grupo sin timón.  
 
Epstein gestionó todos y cada uno de los aspectos de la carrera de The Beatles, incluso ayudó a fundar la compañía que posteriormente se convertiría en la infame Apple Corps. Tras su muerte, las cosas cambiaron a simple vista, y los asuntos de negocios de la banda empezaron a desmoronarse. John Lennon resumió el impacto de la muerte unos años más tarde en una entrevista para Rolling Stone: "Cuando Brian murió, supe que ahí se acababa todo. Supe que lo habíamos tenido...".  Sin Epstein simplemente The Beatles no fueron los mismos el que veia por ellos y arreglaba sus problemas financieros y personales.
 
En alguna entrevista a George Martin habla sobre Brian Epstein y dice que el no hubiera soportado que sus muchachos se hubieran separado. Martin mantuvo la amistad con todos ellos luego de separado el grupo y realmente nunca sabremos que hubiera ocurrido si Epstein hubiera seguido al frente como manager de Los Beatles.
 

viernes, junio 13, 2014

Geoff Emerick, Habla el guardián de los secretos de Los Beatles

Geoff Emerick, Ingeniero de Sonido en Abbey Road, ofrece una visión inédita del trabajo para Los Beatles y Paul McCartney

El grueso de El sonido de los Beatles transcurre en aquel discreto caserón londinense, Abbey Road. Geoff Emerick tuvo silla de pista en la más deslumbrante historia musical de los sesenta: Ganó dos premios Grammy por ejercer de ingeniero de sonido de los Beatles (más otro por su trabajo con Wings y un cuarto por el conjunto de sus aportaciones técnicas). Emerick se sentó detrás de la mesa de grabación en sus elepés más audaces: de Revolver (1966) a Abbey Road (1969).
 
Emerick desmitifica lo que significaba un puesto en Abbey Road. Entró allí gracias a la gestión rutinaria de un orientador profesional ante EMI. Conviene recordar que aquella empresa era casi tan tradicionalista como el Palacio de Buckingham. Los técnicos estaban obligados a llevar batas y la pirámide laboral resultaba asfixiante. Abundaban los jefes excéntricos o dictatoriales. En 1968, el director del estudio cortaba la electricidad para echar a Pink Floyd: los horarios eran sagrados (y las horas nocturnas se pagaban extra).
 
Los Beatles cambiaron todo: como motor de EMI, imponían su propio ritmo. Sin embargo, a pesar del prestigio y las horas extra, algunos empleados preferían no trabajar con ellos. Los de Liverpool marcaban las distancias con la mano de obra: no solían compartir comida, bebida o confidencias. Al gozar de permiso para investigar, sus sesiones podían ser "absolutamente exasperantes". Y el clima, según se deterioraban las relaciones internas, se hizo irrespirable.
 
Sabiendo que Emerick no escribía un diario, cabe suponer que algunos de sus "recuerdos" han sido adquiridos a posteriori. Pero fue testigo-víctima de las tensiones creativas en aquellas jornadas. Sin menospreciar la aportación musical de George Martin, el productor queda retratado como un equilibrista poco solidario. Ejerce sus privilegios jerárquicos y no renuncia a su taburete, simbólicamente más alto que los asientos de los Beatles.
 
Respecto a estos, lo que imaginábamos: John Lennon empuja hacia la experimentación, aunque sus ideas no sean prácticas (cantar mientras se balancea colgado del techo) o le cueste verbalizarlas. Emerick le atribuye una de las cuñas que romperían a los Beatles, cuando otorga voz a Yoko Ono -hasta entonces, ajena a la música pop- en las discusiones clave. Intenten visualizar a Yoko convaleciente de un accidente automovilístico, instalada durante semanas en una cama en pleno estudio, recibiendo a sus amigos y con un micro conectado al cuarto de control, para poder lanzar sus opiniones sobre lo que se está tocando.
 
Se certifica la santa paciencia de George Harrison y Ringo Starr, ninguneados por los jefes del cotarro. A su modo, se desquitan cuando la acción salta al estudio de Apple en Savile Row. Allí Harrison se convierte en un señor hasta grosero, que interrumpe conversaciones para recitar plegarias. Y Ringo, el sensato Ringo, destroza literalmente el edificio por el capricho de construir un anexo para grabar bandas sonoras.
 
Obviamente, Emerick es un "hombre de McCartney" en más de un sentido. Sitúa en Sgt. Pepper el ascenso de Paul a productor de facto del grupo: George Martin lleva mal el horario nocturno y tiende a adormilarse. McCartney es un perfeccionista. Y tiene suficiente diplomacia para salir pimpante de situaciones complejas, como la tragicómica estancia en Lagos, para grabar el álbum cumbre de Wings, Band on the run.
 
En Nigeria, comprendemos el neocolonialismo de las multinacionales. Teóricamente, los estudios de EMI en todo el mundo estaban estandarizados. En realidad, Lagos usaba material obsoleto, procedente de Abbey Road. Que tampoco era el estudio puntero del planeta. Incluso en 1970, un Phil Spector, habituado a la tecnología estadounidense, echaba pestes de Abbey Road. El mismo Emerick enumera sus deficiencias arquitectónicas y su ambiente espartano.
 
Con todo, aquello funcionaba. Hoy parece inconcebible que Sgt. Pepper, la obra más fantasiosa de 1967, se grabara en cuatro pistas: glorioso testimonio de la laboriosidad, la limpieza, la chispa de unos técnicos al servicio de creadores pletóricos. Una experiencia, un espíritu, unos conocimientos que se irán extinguiendo según cierran los grandes estudios.

La lucha -incluso por un solo de guitarra- que mantenían John y Paul; Yoko robándole galletas a Harrison; los colocones de Lennon... Geoff Emerick fue el ingeniero de sonido y testigo de las grabaciones del cuarteto. Nunca había contado lo que allí pasó... hasta ahora.

Estaba allí, en los estudios de Abbey Road, rodeado de cables, discreto, sin levantar la voz, siempre a las órdenes del productor George Martin en su labor de ingeniero de sonido del mítico estudio. Se llama Geoff Emerick (Londres, 1946) y vivió, mudo, episodios que cambiaron la historia del rock: la elaboración de los grandes discos de los Beatles. Emerick ha decido ahora hablar. Lo hace a través del libro El sonido de los Beatles, donde narra al detalle el declive personal de la banda, su manera de trabajar, la aparición de Yoko Ono, las luchas… Estos son algunos extractos del libro.

- TÓCALA OTRA VEZ, DAVID
(Grabación del solo de trompeta de Penny Lane, 1967, por el reputado trompetista David Mason).

Como el verdadero profesional que era, Mason tocó a la perfección al primer intento, incluyendo el solo extraordinariamente exigente que terminaba en una nota alta casi imposible de alcanzar. Fue la interpretación de su vida.

Y todo el mundo lo sabía… excepto Paul [McCartney], claro. Cuando la nota final se fundió con el silencio, habló por el intercomunicador.
– Muy buena, David -dijo Paul con total naturalidad-. ¿Podemos probar otra vez?

Se produjo un largo silencio.

– ¿Otra vez? -el trompetista alzó la vista hacia la sala de control, con un gesto de impotencia. Parecía que no encontrara las palabras. Al final, dijo con suavidad: Mirad, lo siento. Me temo que no lo puedo hacer mejor.

Mason sabía que lo había clavado, que había tocado cada nota a la perfección y que era un hito prodigioso imposible de mejorar. Entonces, George Martin intervino y se dirigió enfáticamente a Paul, en una de las pocas ocasiones que le vi reafirmar su autoridad como productor en aquellas semanas.

– Por el amor de Dios, no le puedes pedir a ese hombre que lo vuelva a hacer: ¡es fantástico!

[…] Durante un embarazoso instante, el productor y el tozudo y joven artista se miraron fijamente. Por fin, Paul volvió a hablar por el micro interno:

-De acuerdo, gracias, David. Ya te puedes ir, quedas en libertad provisional sin fianza.


- EL COLOCÓN DE LENNON
(Durante la sesión de grabación de Lovely Rita, de Sgt. Pepper’s, 1967).

Paul, George Harrison y él [John] estaban haciendo coros alrededor del micrófono cuando Lennon anunció de pronto que no se encontraba bien. George Martin habló por el intercomunicador:

– ¿Qué pasa, John? ¿Es algo que has comido?

Los otros soltaron unas risas, pero John permaneció solemne.

– No, no es eso -respondió-. Es que me cuesta concentrarme.

En la sala de control, Richard [Lush, ayudante del ingeniero] y yo intercambiamos miradas. “Vaya –pensamos–, la droga empieza a hacer su efecto”. Pero George Martin no parecía tener ni idea de lo que sucedía:

– ¿Quieres que te acompañen a casa? -preguntó.

– No -dijo Lennon con un hilo de voz lejana.

– Bueno, pues ¿quieres tomar un poco el aire? -sugirió George amablemente.

– Vale -respondió el sumiso John.

Tardó mucho en subir las escaleras; se movía como a cámara lenta. Cuando por fin cruzó el umbral de la sala de control, me di cuenta de que tenía una mirada extraña y vidriosa […]. De pronto echó la cabeza hacia atrás y se puso a mirar atentamente al techo, atemorizado. Con cierta dificultad, por fin, soltó unas palabras no especialmente profundas:

– Vaya, ¡mirad eso! -estiramos el cuello, pero lo único que vimos fue… el techo.

– Vamos, John, podemos subir por las escaleras de atrás -dijo George Martin suavemente, llevándose al ofuscado beatle de la habitación.

[…] George Martin regresó a la sala de control, solo. […]

– ¿Dónde está John? -preguntó Paul.

Antes de que Richard pudiera responder, George Martin habló por el intercomunicador:

– Lo he dejado en la azotea, mirando las estrellas.

[…] Al cabo de un par de segundos, se dieron cuenta de lo que sucedía: ¡John está en pleno tripi y George Martin lo ha dejado solo en la azotea! Como si fueran actores de una antigua película muda, los dos Beatles reaccionaron a la vez y se lanzaron juntos escaleras arriba.


- “¡A TOMAR POR SACO!”
Hubo una ocasión en que la adulación de las fans hizo perder los nervios a Lennon, y yo lo presencié. Todo el mundo regresaba a casa al final de una sesión nocturna en la que John había estado de peor humor que de costumbre. Dio la casualidad de que yo me encontraba en lo alto de la escalera de entrada de Abbey Road justo cuando el chófer de John intentaba maniobrar el Rolls-Royce psicodélico para salir del aparcamiento y abrirse paso entre las fans, que bloqueaban la salida. Siempre bromista, Lennon llevaba escondido un altavoz bajo el capó y un micrófono dentro del coche. De pronto, se puso a gritar: “¡Idos a tomar por saco!”.

Yo lo encontré muy divertido, y además funcionó. Con el susto, todo el mundo se apartó de un salto y el Rolls aceleró hasta perderse en la noche, mientras el cacareo de las risas de John resonaba por la calle.


- “NO TIENES NI IDEA”
(Grabación de Revolution 9, del Álbum blanco, 1968).

Los cuatro Beatles se reunieron en el estudio, y John puso orgulloso los dos temas que había terminado en ausencia de los demás. Por el oscuro nubarrón que vi cerñirse sobre el rostro de Paul vi que Revolution 9 le había disgustado profundamente, y se produjo un silencio embarazoso al terminar el tema. John miró a Paul con expectación, pero el único comentario de Paul fue: “No está mal”, que, como yo sabía, era un modo diplomático de decir que no le gustaba. Ringo y George Harrison no expresaron opinión alguna. Los dos parecían claramente nerviosos, y era evidente que no querían meterse en un lío.

– ¿Que no está mal? -dijo Lennon con sorna a Paul-. No tienes ni idea de lo que hablas. De hecho, ¡esto tendría que ser nuestro próximo sencillo! Ésta es la dirección que los Beatles deberían tomar a partir de ahora.

Yoko, con una espantosa falta de tacto, consiguió agravar todavía más las cosas soltando:

-Estoy de acuerdo con John, me parece genial.


- INSPIRACIÓN TÓXICA
(Grabación de Ob-la-di Ob-la-da, del Álbum blanco, 1968).

[…] Cuando Paul anunció varias noches más tarde que quería borrar todo lo que habían hecho hasta el momento y empezar la canción de cero, John se puso como un loco. Despotricando de todo, se dirigió hacia la puerta, seguido de cerca por Yoko, y pensamos que ya lo habíamos visto bastante por aquella noche. Pero pocas horas más tarde regresó hecho una furia al estudio, en un estado mental claramente alterado.

– ¡VOY COLOCADÍSIMO! -aulló John Lennon desde lo alto de las escaleras. Había elegido hacer su entrada por la puerta de arriba, seguramente para poder llamar rápidamente la atención a los tres alarmados Beatles que estaban abajo. Tambaleándose ligeramente, continuó mientras agitaba los brazos para subrayar sus palabras:

– Voy más colocado de lo que vosotros habéis ido jamás. ¡De hecho, voy más colocado de lo que vosotros iréis jamás!

Me volví hacia Richard y murmuré:

– Vaya, vaya, esta noche está de buen humor.

– Y así -añadió Lennon con sarcasmo- es como debería ir la canción.

Vacilante, descendió las escaleras, se acercó al piano y empezó a aporrear las teclas con todas sus fuerzas, tocando los famosos acordes iniciales que se convirtieron en la introducción de la canción, a un tempo demencial. Paul, demudado, se puso delante de John. Por un instante pensé que le iba a dar un puñetazo.

– Vale, John -dijo con las palabras breves y cortantes, mirando directamente a los ojos de su enajenado compañero-. Hagámoslo a tu manera.

Por muy enfadado que estuviera, creo que en lo más hondo Paul se sentía halagado de que su colaborador de toda la vida hubiera dedicado su atención al tema… aunque evidentemente lo hubiera hecho estando totalmente ido.


- LA GALLETA DE GEORGE
(Grabación de The end, de Abbey Road, 1969).

Mientras escuchábamos [la pista base de The end], me di cuenta de que algo que sucedía en el estudio había captado la atención de George Harrison. Al cabo de unos instantes empezó a mirar con los ojos como platos por el cristal de la sala de control. Curioso, miré por encima de su hombro. Yoko se había levantado de la cama y se deslizaba lentamente por el estudio, hasta detenerse ante la caja del altavoz Leslie de Harrison, sobre la cual había un paquete de galletas digestivas McVitie. Despreocupadamente, procedió a abrir el paquete y extrajo con delicadeza una sola galleta. Justo cuando estaba a punto de meterse en la boca el manjar, Harrison no pudo contenerse más:

– ¡¡¡LA MUY ZORRA!!!

[…] Lennon le dedicó algunos gritos, pero poco podía decir en defensa de su mujer (que, ajena a todo, seguía masticando alegremente en el estudio), pues él mismo compartía exactamente la misma actitud hacia la comida.


- LA ÚLTIMA VEZ JUNTOS
(Grabación de The end, 1969).

– Un solo de guitarra es lo más evidente -dijo George Harrison.

– Sí, pero esta vez deberías dejármelo tocar a mí -dijo John medio en broma. Le encantaba tocar la guitarra solista […], pero sabía que no tenía la fineza de George o de Paul.

– ¡Ya lo tengo! -dijo maliciosamente John, poco dispuesto a renunciar-. ¿Por qué no tocamos todos el solo? Podemos hacer turnos e intercambiar frases […].

George parecía dudoso, pero a Paul no sólo le gustó la idea, sino que fue un poco más allá:

– Mejor aún -dijo-: ¿Por qué no lo tocamos los tres en directo?

A Lennon le encantó la idea. Por primera vez en semanas vi un brillo de felicidad en sus ojos. […] Paul anunció que quería tocar el primer solo, y como la canción era suya, los otros aceptaron. Siempre competitivo, John dijo que tenía una gran idea para el final, de modo que sería el último. Como siempre, el pobre Harrison quedó eclipsado por sus compañeros de grupo y le tocó la parte del medio por defecto.

Yoko, como de costumbre, estaba sentada al lado de John […], pero cuando Lennon se levantó para ir al estudio, se volvió hacia ella y dijo suavemente: “Espérame aquí, cariño, sólo será un minuto”. Ella se quedó algo sorprendida y dolida, pero hizo caso a John, y se quedó sentada en silencio. Era como si él supiera que iba a estropear el ambiente si bajaba con ellos al estudio. En su interior, John debió de sentir que para que aquello funcionara necesitaba hacerlo a solas con Paul y George, que sería mejor que en esta ocasión Yoko no estuviera a su lado.