Paul McCartney: La empatía universal más allá del mito
Existe un prejuicio persistente entre ciertos detractores del rock que insisten en encasillar a Paul McCartney como el Beatle ligero o Beatle burgués, el arquitecto de melodías amables en contraste con la mordacidad o el compromiso político explícito de John Lennon y otras estrellas contestatarias, casi todos de los años sesenta y setenta (con la ironía de que, el más contestatario de todos, Bob Dylan, apareció años más tarde en el nefasto y ultra-burgués video de We are the world). Sin embargo, una mirada atenta a su obra revela que Paul no solo fue un innovador musical, también fue uno de los compositores más socialmente responsables, empáticos y agudos de su época.
En esos gloriosos años sesenta McCartney nunca necesitó el panfleto ni la consigna estridente para desmontar los grandes mitos de su tiempo. Lo hizo desde el relato humano que le permitía el hecho de ser un compositor productivo y popular en ese momento, además de la calidez y una visión profundamente global.
Me da igual si el lector opina que soy Pro-Paul porque en realidad soy Pro-Beatles, pero si se es seguidor de este grupo se deben conocer, y aceptar, todos los lados positivos y negativos que The Beatles representan. Hasta el cansancio se han mencionado las miles cosas malas del grupo, desde su juventud licenciosa en Hamburgo, que luego echaron a Pete Best, que se robaban novias (y esposas), que si consumían toda clase de drogas y hasta sus insolencias ante la monarquía. ¿Y la música? Si estamos aquí es porque nos gusta, y sería muy hipócrita seguir indicando que Paul era un nuevo rico con complejo de burgués cuando fue él quien no se fue a vivir a Estados Unidos (como John y George) para estar en el foco de las élites.
Fue Paul quien se comprometió con todos aquellos que, comprando sus discos, hicieron millonarios a los Beatles. Fue Paul, cabe insistir, quien en las décadas siguientes se encargó de mantener ese pacto de intercambio moral con sus fans. Cuando aquellas desmadradas quinceañeras de 1962 a 1966 crecieron, se graduaron, se casaron y tuvieron hijos para 1976, aún podían tener el consuelo de cantar tontas canciones de amor y escuchar un divertido relato de una banda que se escapó de prisión, sin ser del todo muy pillos.
En contraste, se tuvieron que fumar toda la autocompasión del héroe de la clase obrera cantando desde la comodidad de su apartamento de lujo, muy cerca de la discoteca Studio 54. Otro por allá en Los Ángeles hablando del karma y de que las cosas pasarán (no obstante que sus fans eran bautistas católicos y de otras religiones) y el otro bebiendo sin frenos en las playas angelinas con ese citado héroe de la clase obrera y el destructivo (pero genial, claro) baterista de The who.
No seamos hipócritas entonces. Paul se volvió muy comercial, eso es verdad, pero también es verdad que pudo haber explotado su título de Ex Beatle para posicionarse por encima de Led Zeppelin y Pink Floyd buscando sociedad con músicos a la altura. Y sin embargo, prefirió seguir tomando a su público por un lado más familiar, más descansado y capaz de llegar por las tardes a escuchar música fresca después de un jodido día de trabajo.
No, no es mi favorito, pero tampoco lo considero el Beatle malo. Si echamos un ojo a la discografía Beatle nos daremos cuenta de que los primeros discos, hasta Rubber Soul (y nos guste o no) son PRODUCTOS DE VENTA. A partir de Revolver la cosa cambia un poco pero, incluso en ese periodo, hasta el Sargento Pimienta y el Viaje Mágico y Misterioso (que a todos nos gustan) fueron idea de Paul.
Aceptes o no tal hecho, mi querido youtuber mediocre odiador de Paul.
Los temas más conocidos del grupo a partir de Rubber Soul son tanto de John como de Paul pero hay algunas verdades que se le atribuyen a Lennon que en realidad le corresponderían a Paul. Lo que destacó a John fue su lengua suelta mientras Paul era diplomático pero mientras a John le importaba un bledo su público, Paul se preocupó por TODOS sus seguidores. Fue él quien se negó a tocar ante un público segregado durante sus giras en los Estados Unidos y fue él quien allanó el camino a Inglaterra a todos los artistas afroamericanos de blues que una década antes habían sido menospreciados en su propio país.
Gracias a Paul, por cierto, Jimi Hendrix y Otis Reading aparecieron en el mítico Monterey Pop Festival de 1967, algo de lo que ni George, ni John, y mucho menos Ringo, se habrían tomado la molestia. Una más, Paul planeaba producir un nuevo disco para Brian Jones después de que este fuera echado de los Rolling Stones en Junio de 1969 pero desafortunadamente el autodestructivo músico falleció ahogado en su piscina el mes siguiente.
Si hay un álbum en el que se note mucho la responsabilidad social de Paul, ese es el The Beatles, o White Album. solo basta apreciarlo de cerca.
1. Desmontando el espejismo: Honey Pie y Back in the USSR
Mucho antes de que el American Way of Life fuera cuestionado masivamente por la propia cultura pop, Paul ya lanzaba dardos certeros contra la fascinación ciega por el modelo estadounidense.
En Honey Pie, bajo la forma de un nostálgico vaudeville, subyace una crítica implícita al desarraigo cultural; la chica que abandona la autenticidad de su hogar y su historia atraída por el brillo hueco y la ilusión de fama en Hollywood.
Aún más audaz fue Back in the USSR. En pleno apogeo de la Guerra Fría y la propaganda antisoviética, McCartney tomó la estructura clásica del surf rock estadounidense y la utilizó para retratar el regreso a casa con entusiasmo y calidez humana al otro lado del telón de acero. Lejos del cliché político, Paul le devolvió la dignidad al plano cotidiano y cultural del mundo eslavo, demostrando que la alegría, el amor por la tierra y la nostalgia no pertenecen a un solo bloque ideológico. Aparte, claro, del mordaz reclamo hacia Chuck Berry por considerarse afortunado de que su país lo tomara como un negro, y no como un ciudadano con los mismos derechos que los blancos.
2. Dignidad en la lucha: Blackbird
Inspirada directamente por el movimiento de los derechos civiles en el Sur de Estados Unidos, Blackbird es quizás una de las piezas de protesta más elegantes y luminosas jamás escritas. Paul compuso una elegía de empoderamiento dirigida a las jóvenes activistas afroamericanas que enfrentaban la segregación.
Con una guitarra acústica y un metrónomo, la canción destaca que las heridas y las alas rotas son el preludio para alzarse en vuelo hacia la libertad.
3. La trinchera de lo cotidiano: Ob-La-Di, Ob-La-Da
A menudo incomprendida o tachada de canción estúpida, Ob-La-Di, Ob-La-Da es en realidad un acto de resistencia cultural. En un mundo hiperacelerado y fragmentado, celebrar la estabilidad de la familia, el trabajo diario de Desmond y Molly, y la construcción de un hogar, es una afirmación de lo esencial y la apremiante necesidad del mundo de recuperar la dignidad social de familia. Paul entendió que la verdadera red de seguridad de la humanidad no está en las grandes ideologías, sino en la comunidad, el afecto y la perseverancia diaria.
Conclusión: La política de la empatía
Paul McCartney no teorizó sobre la revolución; la ejerció tendiendo puentes culturales y derribando prejuicios desde la emoción pura. Su responsabilidad social radicó en recordar al mundo que, más allá de las fronteras, los bloques políticos o las pantallas de cine, lo que verdaderamente nos sostiene es la capacidad de volar juntos hacia la luz.
Es cuanto
Messy Blues

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