sábado, junio 27, 2026

Paul McCartney; ¿El Beatle más odiado?

Más allá de la leyenda: El arte por encima del hombre



Cuando hablamos de los Beatles, es común caer en la trampa de la narrativa personal. Parece que, para ser un auténtico fan, uno debe elegir un bando, construir un altar para un Beatle y, simultáneamente, buscar los defectos o las culpas en el otro. Durante años, hemos visto cómo se intenta juzgar la historia de la banda bajo una lupa moralista, buscando culpables de la separación o tratando de definir quién era el "bueno" y quién el "malo".

Sin embargo, como melómanos, creo que debemos hacernos una pregunta necesaria: ¿es realmente nuestra responsabilidad juzgar la integridad personal de quienes crearon la banda sonora de nuestras vidas?

La realidad detrás del escenario

Como guitarrista, he tenido la fortuna de conocer personalmente a grandes figuras de la música en eventos como el NAMM. He estado frente a maestros de la guitarra con personalidades radicalmente opuestas. He visto genios cuya conducta personal es, por decir lo menos, difícil o insufrible, pero cuyo virtuosismo es innegable, como Yngwie Malmsteen (del que coincido con Mario Nava —el mejor laudero de México— respecto a que Malmsteen es un mamón). He conocido músicos cuyas convicciones personales o visiones del mundo chocan frontalmente con las mías —como Brian Setzer—, y otros que, afortunadamente, poseen una sencillez y empatía que confirma que la grandeza musical a veces sí viene acompañada de una gran calidad humana, como es el caso de Dave Murray.

Como lección valiosa, estas experiencias me han enseñado que el talento musical y la calidad moral son variables independientes.

¿Por qué la reflexión?

He notado que muchos Beatlefans dan por menospreciar a Paul McCartney. En parte acepto las exageraciones de muchas personas Pro-Paul que, en YouTube, dan por llamarlo El mejor músico del mundo y el giro de Paul hacia una producción más pop-comercial en la década de los ochenta; pero la animadversión hacia el ex-Beatle a veces raya en lo enfermizo.

Entre las demasiadas acusaciones contra el bajista, destaca una derivada de la leyenda de que él fue el responsable del rompimiento interno de los Beatles como grupo de rock, puesto que se creyó el jefe y manipulaba a todo el mundo para que las cosas salieran como él quería.

Sí y no.

De acuerdo a la biografía oficial del grupo, escrita por Hunter Davies, Paul intentó desde el principio que el trío formado por él, John Lennon y George Harrison (Quarrymen, hasta 1959) tuviera una buena estructura armónica. Según Julia Baird, media hermana de John, en su libro John Lennon; Mi hermano, menciona que Paul se encargaba de montar las diferentes voces que esos tres usaban en sus primeras versiones y que el propio Paul, buscando sonar bien, había sido quien propusiera a George para cubrir la posición de guitarra líder.

Regresando a lo descrito por Davies, Paul se apegó a las normas y las formas diplomáticas dictadas por Brian Epstein —para quien no lo sepa, que es difícil, Epstein fue el mánager del grupo— y Paul fue quien mantuvo a flote la apariencia de chicos bien portados. Eso es notorio observando las actuaciones públicas del grupo con una actitud retadora de Lennon, una más bien aburrida de Harrison y una condescendiente de Ringo Starr, en contraste con la actitud comprometida y complaciente de Paul.

Cuando terminaron las giras, McCartney se encargó de mantener al grupo conectado con el cuartel general que eran las oficinas de NEMS Enterprises y el estudio de grabación. Es decir, administrativamente solo Paul se preocupaba por mantener girando la maquinaria y era el único que llevaba una agenda en forma para seguir trabajando. Por cruel que suene, el rompimiento implícito entre la oficina de Brian Epstein y la jefatura de George Martin (productor) en EMI Capitol, después de terminadas las giras, quitaba a todo el mundo la obligación laboral de mantener contacto diario, que había sido la columna vertebral de actividades de la oficina de Brian entre 1962 y 1966.

Paul McCartney se aseguró de que esa línea no se rompiera.

Después de finalizadas las giras, George —el que más las odiaba— se inclinó a buscar otros colegas, comprar más guitarras y a componer por su cuenta, dejando su papel de Beatle como su mera fuente de ingresos. En esencia, era el único que no sentía ni raíces ni lazos con el concepto Beatles. John vivía un momento de pecados y redenciones con un claro resentimiento ambivalente hacia sus padres, Alfred y Julia, y una gratitud muy dual a la única que había hecho papel de madre en su vida, Mary Elizabeth Stanley —la tía Mimi.

Ringo era probablemente el único de los cuatro con una base más sólida y mucha más experiencia previa como músico en el momento de haber sido llamado a filas, pero también era el único que consideraba como golpe de suerte haber sido parte de todo eso.

Paul era el joven que se había vuelto una celebridad, se codeaba con la crema y nata de la sociedad londinense gracias a su novia de entonces, la actriz Jane Asher (y también gracias a Brian Epstein, cabe destacar), y se sentía en su papel de compositor. Nada que no hubiera hecho cualquier otro nuevo rico en su momento. Pero Paul también se preocupaba por mantener la unidad de familia que los había mantenido juntos en aquellos días de pan y agua en Liverpool y luego en la sórdida vida casi marginal en Hamburgo. De todos ellos, Paul era quien le daba más importancia al núcleo que habían formado.

John Lennon sentía que él no le debía nada a nadie y que, de hecho, la vida le debía demasiado a él (lo que en parte era cierto). Lennon se sentía asqueado de la podredumbre que representaba el negocio del espectáculo y sabía que esa celebridad rodeada de privilegios y encantos no era él. Su crudeza y crueldad respondían más a un mecanismo de defensa y rechazaba todo aquello que le pareciera hipócrita; la virtud más loable en él, debemos reconocer.

Encontrar a Yoko Ono en un Londres pleno de modas extremas con una repentina libertad sexual fue para Lennon algo más que encontrar a otra mujer; en realidad había encontrado algo que era diferente a todo lo demás y que encajaba perfectamente en su necesidad de afecto como creador, no tanto como hombre.

Nadie dentro del universo Beatle entendió en ese momento por qué el líder, John, se encaprichaba de esa manera con una artista conceptual que vivía su momento existencialista-experimental, y que había pasado por demasiados brazos dentro del underground de las artes plásticas que, curiosamente, era intelectual y culturalmente más madura que John. Esta es la parte en la que Paul intentó proteger todo el colmenar bajo su complejo frustrado de hermano inglés (porque si algo caracteriza a McCartney es su orgullo británico). Aunque, por raro que parezca, también fue el único que no trató de provocar odio hacia Yoko.

La parte injusta de todo esto es que tanto George como Ringo sí eran abiertamente Anti-Yoko y hacían bromas desde sutiles hasta despiadadas. Como una sesión de marihuana en el baño de los estudios de EMI, en donde George les dijo a Mal Evans y a Ringo una de las más osadas:

—¿Tendrá oblicua la vagina?

El periodo que comprende la realización del álbum The Beatles —conocido también como Álbum Blanco— fue tal vez el más complicado en términos morales para Paul. Las canciones incluidas en el disco derivaban casi todas de su previo viaje a la India, del que habían regresado con nuevas ideas, pero del que también habían traído un marcado sentimiento de apatía como para trabajar juntos de nuevo.

Según Philip Norman (Shout; The True Story of The Beatles), George Harrison ni siquiera se acordaba que era un Beatle y solía ir de aquí para allá con Eric Clapton y Pete Townshend, a veces bebiendo en el Marquee Club cuando Jimi Hendrix se presentaba ahí. Ringo se había enfrascado en la actuación, interpretando a un jardinero mexicano en la película Candy, de Christian Marquand, y pensaba que al menos siendo actor secundario tendría un papel menos secundario que con los Beatles.

John, por su parte, daba rienda suelta a su nuevo romance con el ácido lisérgico y con Yoko, rompiendo con los parámetros tradicionales del hombre inglés y la estampa prefabricada del ídolo de rock (algo que destruyó a personajes como Elvis Presley, Jim Morrison, Janis Joplin y Brian Jones).

Cuando comenzaron las sesiones del álbum blanco, Paul fue el único que intentaba mantener los pies sobre el terreno para no alejarse de los bolsillos de sus fans, mientras George se rebelaba exigiendo espacio como compositor (en lo que resultó ser muy bueno) y apoyando a Ringo en el mismo rubro. A este punto, solamente Ringo seguía tomándose en serio su papel de Beatle, aparte de Paul. John, en contraste, estaba rompiendo con la era de plástico que los había hecho rodar por el mundo.

Injusto sería omitir que las canciones de John en este álbum son consideradas como joyas sagradas y que él mismo se erigió nuevamente como el líder, pero también es verdad que los trabajos más serios (aunque también más comerciales) estuvieron a cargo de Paul. Para mantener la vigencia, durante esas sesiones grabaron dos sencillos: Hey Jude y Revolution. Por mucho, fue la canción de Paul la que ocupó espacios de honor en la radio, mientras a la de John le tomó una década lograr trascendencia.

Hasta el día de hoy se dice que John era el idealista de izquierda que confrontó al gobierno americano cuando se hizo residente de los Estados Unidos (y se cree bajo la sombra que por eso fue asesinado), pero quien en realidad fue el primero en atreverse a retar al establishment fue Paul. Back in the U.S.S.R. no es solamente un reproche velado a Chuck Berry por venderse al sistema, también fue una parodia abierta a los dos gobiernos más poderosos del mundo en ese momento: la Unión Americana y la Unión Soviética. Más aún, hasta el día de hoy ha sido el primero en utilizar los recursos de sus rivales (los coros al estilo Beach Boys), quienes eventualmente hicieron su propia versión de esta canción.

Get Back; ¿la prueba de fuego?

En los años setenta, las películas del cuarteto se proyectaron por años en festivales y mítines de clubes de fans, pero Let It Be era una pieza rara. John tenía su carrera junto a Yoko y la Plastic Ono Band. Dio pocos conciertos e hizo pocas apariciones. Su vida fue digna de un libreto de película de Fellini y se mantuvo dentro de las élites del rock rodeado de músicos tan irresponsables como él (Joe Walsh, Keith Moon y Ringo Starr), así como de figuras que cuidaron siempre su calidad de vida e imagen (Steve Cropper, Harry Nilsson, Elton John, David Bowie y Mick Jagger), pero jamás descendió a los infiernos de las giras patrocinadas por Budweiser o Pepsi-Cola. Cosa que Paul sí hizo.

Esa década fue peculiarmente extraña y fue cuando comenzó el odio visceral de los lennonfans hacia Paul McCartney. Las giras de este con Wings, sus apariciones en shows de televisión y sus tontas canciones de amor lo convirtieron en la antítesis de un John Lennon refugiado en su leyenda de gurú musical, que solo tenía que chasquear los dedos para traer al estudio a un George Harrison igual de resentido con Paul. Solo bastaba una orden para que, entre los dos, vomitaran odio y rencor hacia Paul con la canción How do you sleep?, como respuesta a aquella boba tonada de Too many people, en la que Paul se había burlado de las pretensiones intelectuales de aquellos otros.

Las generaciones que disfrutaron a los Beatles en aquellos años ya están en retiro y en la senilidad, o ya partieron. Pero los que crecimos escuchándolos (entre los cincuenta y sesenta años) atestiguamos todas las épocas, al menos desde Ob-La-Di, Ob-La-Da hasta el día de hoy. Nadie de nosotros vimos con gusto aquello de los duetos de Paul con figuras como el idiota de Michael Jackson, ni los intentos de Paul por recuperar el primer plano en los años ochenta (terrible su película Give My Regards to Broad Street). Pero es cierto que la comercialización que le dieron a la muerte de John puso a Paul contra las cuerdas. Y esa es una verdad que todos quieren ocultar, pero que se revela profundamente por sí misma.

Fue el relativamente reciente lanzamiento del documental Get Back lo que renovó los ánimos, en ambos sentidos, el en contra y el a favor. Quienes vimos Let It Be y luego vimos completa la serie de Get Back, vimos dos versiones diferentes de la misma historia. En la primera vimos a cuatro Beatles pujando por sacar adelante un proyecto, y hasta la discusión entre Paul y George; pero en la segunda vimos a un Paul McCartney intentando mantener a flote un barco que se estaba hundiendo a todas luces, a un John que no veía con malos ojos retomar el principio de todo, a un George que estaba hasta el carajo de ser un Beatle y a un Ringo que comenzaba a hacerse a la idea de que todo aquello no iba a durar mucho.

La ironía en todo esto es que también se notó que Paul ya consideraba a Yoko y a su esposa Linda Eastman como parte de la familia. Lo cual demuestra lo injusto de señalar tanto a Yoko como a Paul como responsables del rompimiento de los Beatles. En realidad, ellos mismos, como músicos, habían perdido la pista y no lo sabían. Bueno, Lennon sí.

Todo lo anterior nos trae al punto en el que, como seguidores de un grupo como ellos, nos creamos una idea idílica de cómo quisiéramos que fueran las cosas. Los Beatles que todos amamos son esos magníficos amigos del Yeah! Yeah! con trajes grises, guitarras Rickenbacker, bajo Hohnner y batería Ludwig; o aquellos bigotones con trajes del Sargento Pimienta, con bellas esposas como Cynthia Powell, Maureen Cox, Patty Boyd y la no menos hermosa Jane Asher. Nuestras mentes se quedaron ancladas a esa época de aparente perfección y, al final, pocos aceptamos que John y Paul eran tan humanos como el resto del mundo y que ni George ni Ringo eran tan sumisos ni buenos camaradas de respaldo como se pensaba.

El derecho a separar la obra del autor

Cuando exigimos que nuestros héroes musicales sean perfectos, seres de luz sin sombras o personas cuyas decisiones personales (y profesionales) siempre se alineen con nuestra propia ética, nos estamos perdiendo de lo fundamental. Estamos consumiendo el mito en lugar de la música. Estamos tratando de hacer realidad la imagen idealizada que habíamos creado en nuestro mundo mental personal. Es decir, a nuestro modo.

Admirar a alguien no significa santificarlo. Se puede reconocer la genialidad de John Lennon, la destreza melódica de Paul McCartney, la habilidad e inteligencia de George Harrison o el pulso inigualable de Ringo Starr, sin necesidad de que sus vidas privadas pasen por nuestro juicio personal. La separación de los Beatles, los roces, las discusiones y las decisiones de carrera fueron procesos humanos, complejos y ajenos a nosotros.

De vuelta a los surcos

La próxima vez que pongamos un disco de los Fab Four, dejemos fuera las narrativas de buenos contra malos. Dejemos de intentar justificar nuestros gustos personales a través de la demonización de otros. Al fin y al cabo, los Beatles nos dejaron un legado técnico y emocional que trasciende sus egos. No necesitamos que sean perfectos para que su música siga siendo, sencillamente, la mejor.

Al final, Paul es tan Beatle como puedan serlo John, George o Ringo. Ninguno fue perfecto, y ahí radica precisamente nuestra fascinación por ellos. Su música no nació de la perfección, nació de una fricción humana irrepetible que logró lo impensable, volverse el lenguaje común de todos nosotros. Niños, abuelos, soldados, policías, convictos, corazones rotos y almas alegres; sin importar quiénes somos o de dónde venimos, siempre hay un lugar en sus canciones para cada uno. Esa es, quizás, la mayor prueba de que su legado nos pertenece a todos, más allá de cualquier mito o juicio que intentemos imponerles

Es cuanto

Messy Blues

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